«Una Navidad que Herodes no escucha»

Una Navidad que Herodes no escucha

La primera Navidad no fue un acontecimiento pensado para impresionar a las personas fuertes, sino para consolar y comisionar a las pobres, cautivas, ciegas y oprimidas. En la Palestina ocupada, en medio de impuestos injustos y violencias de Estado, Dios se hizo niño, acogido en un establo lejos de los centros de poder. Aquel año, la Navidad fue celebrada en susurros: el nacimiento de Jesús fue una buena noticia desapercibida por los palacios, pero que encontró abrigo en los corazones sencillos.

Celebrar la Navidad en susurros, en América Latina y el Caribe, es dejar que la encarnación hable más por la solidaridad concreta que por el ruido del consumo, más por la proximidad con los pequeños y las pequeñas que por el brillo de los palacios. Es reconocer que, mientras Herodes aún grita y amenaza, el Verbo decide manifestarse en la vulnerabilidad del recién nacido, encendiendo una luz que ninguna noche consigue apagar.​

La fecha del 25 de diciembre fue adoptada por la Iglesia a lo largo de los siglos como señal de que, en medio del solsticio de invierno y de la noche más larga del hemisferio norte, la verdadera luz se levanta en el mundo. Aunque hoy, en el hemisferio sur, sea tiempo de verano y de días largos, la señal permanece: en Cristo, Dios hace nacer un tiempo nuevo, un verano de la gracia, en el corazón de un pueblo cansado de inviernos espirituales. En susurros, la Navidad anuncia que ninguna oscuridad consigue contener la aurora de la encarnación.​

La encarnación, así, es el modo elegido por Dios para acercarse a la humanidad sin aplastarla: no un rey adulto que se impone por la fuerza, sino un Niño que es acogido. En Belén, la Palabra eterna habla bajito, en el llanto frágil del bebé en el pesebre, revelando que Dios escoge el camino de la mansedumbre frente a la violencia de los Herodes de cada época. Celebrar en susurros significa ajustar el tono del corazón humano al tono de Dios, que se revela en el cuidado, en el compartir y en la proximidad.​

Los magos salen a escondidas, José y María se mueven como personas refugiadas forzadas a Egipto, y una masacre de inocentes intenta silenciar la esperanza apenas nacida. La Navidad no ignora los dolores de la historia; los asume y los atraviesa, afirmando que el poder homicida de Herodes es real, pero no es la última palabra sobre el mundo. En susurros, la Navidad proclama: Herodes todavía intenta gobernar, pero la luz ya ha llegado y el reinado humano es finito.​

¿Cómo, entonces, celebrar la Navidad en susurros en América Latina y el Caribe? Ante todo, con una adoración profunda: menos consumo y más compromiso público con la misión divina; menos distracción y más tiempo a los pies del pesebre, discerniendo el llamado de Dios para que seamos sal y luz en el mundo. Puede ser una vigilia sencilla, una lectura orante de los evangelios, una rueda de conversación comunitaria, en la que las personas se reúnan para que el Niño Jesús reoriente afectos, agendas, prioridades y decisiones.​

Celebrar en susurros es dejar que el cariño de Jesús por los pequeños y pequeñas dé forma a nuestras prácticas. Él se identifica con las personas enfrentando el hambre, sedientas, extranjeras, enfermas y encarceladas, afirmando que todo lo que se hace a estas se hace al propio Cristo. Una Navidad susurrada incluye acciones de misericordia y coraje: visitas silenciosas a una cama de hospital, alimento entregado sin fotografías, abrazos y escucha a quienes lloran en secreto, defensa de los derechos de las personas marginadas.​

Los pequeños y las pequeñas no son solamente las niñas y los niños, aunque estos tengan un lugar especial en el corazón de Jesús. Son también las personas ancianas olvidadas, las personas desempleadas, las familias endeudadas, las migrantes forzadas y refugiadas, las personas en situación de calle, las mujeres amenazadas de muerte por hombres violentos, los pueblos originarios lejos de sus tierras, las familias enlutadas y quienes luchan silenciosamente contra la depresión y el miedo. Acercarse a estas personas con respeto, presencia y compartir es hacer de la noche de Navidad un lugar donde la luz de la encarnación toca las heridas concretas de la ciudad y del campo.​

Imaginemos a los pastores en los campos de Belén, despertados por ángeles en medio de una rutina olvidada por los grandes centros. Corren hacia el pesebre sin pompa ni protocolos, y su asombro nos enseña que el llamado de Dios irrumpe en los lugares marginados, convirtiendo a cuidadores de ovejas en primeros testigos del Rey. Hoy, en nuestras noches latinoamericanas, seamos esos pastores: ojos abiertos para la presencia de Dios en todos los lugares, celebrando y anunciando el nacimiento de Jesús.​

Celebrar en susurros es dejarse conducir por la enseñanza de Jesús encarnado. Que cada culto, cada cena, cada gesto pastoral sea una ofrenda a Dios y un abrigo para las personas vulnerabilizadas de nuestro tiempo. Aunque Herodes siga gritando por los pasillos de la historia, el pueblo de Dios sabe “esperanzar”, luchar, denunciar y amar en la misma tonalidad con la que el Verbo se hizo carne.​

Oremos por nuestra Abya Yala. Oremos por el continente latinoamericano, por esta tierra viva, por esta tierra en floreciente.

 

¡Feliz Navidad!

¡Feliz Año Nuevo!

Rev. Paulo Câmara Marques Pereira Júnior

Dir. del Departamento de Teología y Misión

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